A veces nos hace falta sentirnos diferente y movernos de espacio HOY. En esas ocasiones, un viaje corto puede ser justo lo que necesitamos.
Aunque pensé que nuestro destino era Culebra y ya me podía sentir en la playa de Flamenco, el viaje tomó otro giro cuado anunciaron que el ferry estaba lleno y tendríamos que esperar varias horas por el próximo ferry. Había salido al amanecer de casa con mi hijita de dos años
a darnos el único viaje que me podía dar con lo avanzado que estaba mi embarazo. ¿Regresábamos a casa? ¡De ninguna manera! Ambas decidimos que nos íbamos a Vieques.
Una vez en Vieques cogimos una guagüita a la playa. En Vieques siempre me he sentido como en otro país. Le pregunté al chofer sobre el estatus de la Isla luego de que se fuera la marina y contó como la salida de ésta había sido lo peor para ese municipio y que la marina allí no hacía daño ninguno, que todo lo que sucedió fue politiquería.
Llegamos a la playa y estaba hermosísima. Nos bajamos en Sun Bay, a pesar de que pensaba pasar el día en Esperanza. En mis viajes, he aprendido a fluir, a estar en contacto con mi intuición y ésta me dijo que nos bajáramos allí y así lo hicimos. Tan pronto nos sentamos en la playa recibí un mensaje de texto de un amigo muy querido deseándome buen viaje.
Mi hija se veía super feliz, libre. Yo me sentía igual. Jugamos un rato con un cubo y una paleta recogiendo arena y al ratito ella decidió que era más fácil con las manos y siguió jugando, concentrada. Nos metimos al agua y vivimos un momento muy hermoso. Sentí que esta era la primera de muchas aventuras juntas, que no era tan sólo mi hija, sino un alma compañera de vida. Y disfrutamos en el mar como disfrutamos en la arena.
Nos fuimos a comer algo. Y recordé que una sobrinita muy querida cumplía años ese día y que yo tenía pensado usar parte del sábado para comprarle un regalo. Entonces pensé que, ya que estaba en Vieques, le iba a buscar un caracol grande y ese sería su regalo. Cuando llegué al café, tenían como 10 caracoles grandes en el counter. ¡Excelente mi suerte!
– ¿A cuánto los vendes? Le pregunté emocionadísima.
– No los vendo, los colecciono.
– Ah pero es que mi sobrinita………..
– Lo siento, es que yo los colecciono. No están a la venta.
– Ah, bueno.
De regreso a la playa, vi al salvavidas conversando con un grupo de hombres y fui con Sofía a preguntarle cómo podía ver más de Vieques (más allá de esta hermosa playa). Me dijeron que sin carro no se podía hacer nada en la Isla, pero al ver mi deseo genuino, el salvavidas le preguntó a uno de los señores si el me podía mostrar la Isla.
– Si usted me lo permite… ¿Cuántos son?
– Sólo mi hija y yo
– Ah pues, si quieren yo las llevo. Mi carro tiene ‘car seat’ integrado, que uno de mis nietos se lo descubrió. A ver si usted sabe cómo usarlo…
– ¡Ok!
Y así fue que empezó la segunda parte de nuestra aventura. Don Bartolo, quién luego aprendí había sido pastor, que estuvo en la Marina de los Estados Unidos y que crió sólo a sus cuatro hijas luego de que su mujer falleciese hace diecisiete años, nos llevó a Sofía y a mi a conocer la Isla Nena. Nos llevó por las antiguas instalaciones de la Marina, nos enseñó el rompe olas y nos habló de la tradición indígena. Nos contó como desde que la Marina se fue todo estaba mejor en Vieques y que realmente su presencia se sentía y le hacía daño a la población. Incluso, me habló sobre cómo el valor de la propiedad ha aumentado desde “La Salida”. ¿Dónde estará la Verdad? Me pregunté. Esta historia contrastaba demasiado con la del chófer del autobús.
En una de nuestras conversaciones le dejé saber que quería llevarle un caracol a mi sobrinita que cumplía años.
-Ah, es que eso es bien difícil, porque es ilegal pescar el carrucho, así que ya eso no se encuentra con tanta facilidad.
-Ah, bueno es que es una sobrinita que yo quiero mucho y se me metió entre ceja y ceja que le quiero regalar uno.
-Bueno… podemos verificar en un sitio a ver si hay, a veces los pescadores los tiran allí luego de sacarles el carrucho.
Y así Don Bartolo nos llevó a ver un lago hermoso, una reserva de Recursos Naturales y guió esquivando hoyos en una carretera sin pavimentar en un camino largísimo que terminaba en la playa.
-Aquí a lo mejor hay, me comentó.
Y el cogió un lado de la playa y yo caminé para el otro lado, como un cuarto de milla con Sofía al hombro. Aunque estaba cansada, me movía la emoción de encontrar un caracol grande tirado en la arena. Pero, no lo encontré. Él tampoco encontró nada.
Cuando ya nos íbamos, yo sentí que algo se movió de entre los árboles y al mismo tiempo a Don Bartolo se le ocurrió que tal vez allí podía encontrar uno. Emocionadísimo salió no con uno… ¡Con DOS!
En medio de la emoción nos dimos cuenta de que eran ya las 4:05 y el ferry salía a las 4:30. Nos montamos en el carro y guió tan rápido como pudo por la carretera de tierra. Cuando llegamos al terminal, el ferry se estaba yendo. Antes de ver mi reacción, me dijo:
-No se preocupe. Usted y su hija regresan a donde su esposo hoy. Confíen en mí. Se van en avión. Yo les pago el pasaje.
-Pero…
-Por favor, acéptelo. Confíe en mí.
Me dijo sin titubear
-OK. Gracias.
Y así fue. Llamé a la aerolínea para que me guardaran espacio en el avión y me contestó un señor, no el sobrino de Don Bartolo, como él esperaba. Así que colgué sin pedirle de favor que me aguantara un espacio.
– Ah! Haberme dicho que era Don este, ese señor y su hermano se criaron conmigo …
Y me contó de las maldades que hacían los dos hermanos. Al ver que lo conocía, volví a llamar para asegurar mi espacio pero no contestó el mismo señor, así que colgué. Cuando le dije el nombre, me dejó saber que ese era un amigo de su hija. ¿Qué se siente vivir en un lugar donde conoces a todo el mundo y todos te conocen?… me pregunté. En mis tres visitas a Vieques había llegado a la conclusión de que así era allí, todos se conocen. Pensé un rato en lo que sería vivir así.
Cuando llegamos al aeropuerto, un muchacho me cargó el bulto, mientras yo cargaba a mi bebé y Don Bartolo se estacionaba. En el counter el representante de la línea aérea me pidió mi nombre y al ver la cara de Don Bartolo cuando respondí, me di cuenta que él no me lo había preguntado en todo el día ni yo se lo había dicho. Con asombro, me pidió que se lo repitiera.
-Elda
-¿Elda con “g”?
-No, con “d”
-Con “d”de Delta (él había sido militar)
– Sí, E-L-D-A
-Ese es el nombre de una de mis hijas. Me dejó saber, obviamente asombrado y mirándome como buscando descubrir “algo” en mí. Entonces nos apuraron para que fuéramos al área de abordaje y él trató de conseguir a su hija que vive en Fajardo para que nos buscara al aeropuerto y nos llevara al estacionamiento donde tenía mi carro.
Cuando llegamos al área de espera, Don Bartolo fue donde una muchacha joven,
conversó con ella y me dejó saber que ella me iba a llevar.
– ¿Usted la conoce?
– ¡¿Si la conozco?! ¡Ella es amiga de mi hija, Elda!
A los pocos minutos nos montamos en el avión (el cual era un poco más grande que una van) y me di cuenta de que ese día mi bebé se había montado en un ferry por primera vez y ahora, en el MISMO DÍA se estaba montando en un AVIÓN!!! A todas estas, ella parecía una viajera experimentada. En ningún momento protestó y simplemente, se dedicó a mirar por las ventanas y a sonreírles a los demás pasajeros. La vista era espectacular. De hecho, unas piedras que estaban bajo el agua formaban claramente la imagen de una africana bailando en una ceremonia. Ya ustedes me dirán si la ven, pero yo la veo clarita ;-)
Cuando me fui a montar en el carro de la muchacha ella también tenía car seat para mi nena. Wow! El que planificó este viaje no se perdió ni un sólo detalle. Es que es exactamente como dice en uno de mis libros favoritos y como he comprobado una y otra vez en mis viajes:
“Nunca salimos desprotejidos. Parece existir una ley espiritual respecto a esto: Cuando respondemos al llamado de viajar, que no es más que una invitación a transportarnos para expandir nuestra percepción, vamos a recibir la ayuda necesaria en el camino. Aquellos que aceptan el llamado recibirán todo lo que necesitan y más para lograr el propósito de su travesía.”
En cuanto al regalo de mi sobrina… le encantó. Tenía una mesa y el piso lleno de regalos en bolsas bonitas, pero con el regalo que estuvo toda la noche y el que le enseñó a todo el mundo fue el caracol que le regaló Titi Beba. Y cuando le conté cómo lo había conseguido, se quedó muy atenta y al final me pidió que se lo contara otra vez. Te regalo “aventura”, mi amor. Qué este caracol siempre te recuerde que tu vida es una aventura. “Sí,” me contestó asintiendo “una aventura.”


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