Una mañana me desperté en Tetuán, Marruecos y estaban las calles llenas de gentes. Para salir, me vestí con mi falda larga, mi camisa de manga larga y me hice una colita de caballo en el pelo. Aunque había escogido mi vestimenta especialmente para no atraer miradas, de todas formas sentía los ojos de algunos hombres y podía identificar que algunos comentarios en berebere y/o árabe eran para mi.
Me pregunté si esto de venir sola a un país árabe era una buena idea. Había leído historias de americanas e inglesas que la habían pasado mal, por las miradas incesantes y los silbidos. Pensé que vistiéndome de cierta forma podía resolver el problema, pero esa mañana sentí que me había equivocado. Seguí caminando y percibí otro comentario.
Ante ese último, algo sucedió dentro de mi y actué institivamente. Me volteé, miré al hombre y seguí caminando. No volvió a decir más nada. Respiré, me sonreí y caminé confiada. No estaba en un lugar tan extraño. Esto de caminar por el pueblo de Tetuán era como caminar por el pueblo de Río Piedras. De repente, los hombres hasta se parecían a los hombres de mi pueblo. Las únicas diferencias eran que algunos usaban batas largas, en vez de pantalones y que no entendía los comentarios.
Me imaginé que decían “Tantas curvas y yo sin frenos” o “Vaya mami, mándale saludos a mi suegra”. Incluso había algunos que parecía que me decían comentarios tales como “Saludos, mujer elegante” (lo cual, según me enseñó mi mamá, significa exactamente lo mismo que los dos comentarios anteriores).
Me sentí en casa. Seguí caminando y me di cuenta que podía distinguir el comentario ocasional, porque desde que tenía trece o catorce años los estaba escuchando. Descubrí que en cualquier parte del mundo los hombres que le silban a las mujeres lo hacen de una forma en particular (como si hubiese un club internacional de éstos).
Me di cuenta de lo agraciada que soy por ser latina. ¡El mundo es mío! Repasé mentalmente todas las historias que había leído de mujeres en Marruecos y otros países y la preocupación repetida era el asunto de cómo los hombres las acosaban.
De repente no era tan mala idea el haber venido sola. Una mirada de esas que llevo ensayando por años era suficiente para detener los comentarios si me molestaban, pero tambien podía fluir con la ciudad. Durante mi primer día en el pueblo visité tiendas y mercados donde hablé con más hombres que mujeres. Para el final del día, el comentario ocasional se había convertido en parte mi nuevo entorno.
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